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La observación de los fenómenos eléctricos se conoce desde hace más de 2.500 años. Tales de Mileto, en Grecia (s. VI a.C.), observó que el ámbar cuando se frota con lana atrae los objetos luminosos. De hecho, el antiguo nombre griego para el ámbar es elektron. A finales del siglo XVII, el inglés
Gilbert postuló la relación entre la electricidad y el magnetismo, y posteriormente B. Franklin descubrió el pararrayos en 1752. A finales del siglo XVIII, el italiano L. Galvani demostró que la electricidad generada por los seres vivos es «un fluido eléctrico». L. Galvani creyó que el estímulo eléctrico precedía la contracción muscular. Así, pues, se convirtió en el primer electrofisiólogo del mundo (Rosen, 2002, 2006).
Waller registró por primera vez la actividad eléctrica del corazón (Fig. 2.1). En 1887 grabó las curvas de la actividad eléctrica del corazón humano mediante electrodos colocados en unos tubos de solución salina con el electrómetro capilar de Lippman (Figs. 2.2 A y B). El primer electrocardiograma (ECG) humano se realizó a T. Goswell, un técnico de su laboratorio. En un principio utilizó a menudo su perro Jimmy para realizar registros de ECG, pero fue acusado de crueldad hacia los animales, debido a las correas utilizadas para sujetarlo y a que ponía sus extremidades en agua salina. A. Waller fue el primero en registrar la actividad eléctrica del corazón, sin embargo, no tenía mucha fe en la utilidad de la electrocardiografía. Él afirmó: «no me imagino que la electrocardiografía sea usada mucho en el futuro... sólo de vez en cuando para grabar alguna anomalía rara del corazón» (Burch-De Pasquale, 1964).
 
En los últimos años del siglo XIX,  Einthoven  (1860-1927) (Fig. 2.3) (Einthoven, 1912; Snellen, 1977; Moukabary, 2007; Kligfield, 2010) comenzó  a  estudiar  los  potenciales  de  acción de los animales con el electrómetro capilar. Sin embargo,  no estaba satisfecho con los registros obtenidos. Por lo tanto, hizo varias modificaciones que mejoraron la calidad del trazo mediante el uso  de  ecuaciones  diferenciales  para  corregir  la  escasa respuesta de frecuencia del electrómetro capilar (Fig. 2.2 A). Con estas modificaciones, se  podía  grabar  la  forma  correcta del ECG humano (Fig. 2.2 C). Einthoven pudo demostrar la mejora de los registros usando un  galvanómetro  de  cuerda . Este galvanómetro introducido  en  1902  (Fig.  2.2  D)  consistía en  una  fibra  de  cuarzo  que,  gracias  a  un  metal  conductor,la plata, quedaba suspendido entre los polos de un electroimán. El campo magnético fijo creado por el electroimán establecía una fuerza constante que se movía desde un polo al otro. Las corrientes del corazón registradas desde la superficie del cuerpo se llevan a través del galvanómetro de cuerda, lo que creaba un campo magnético de fuerza variable en torno al eje largo de la cuerda. La interacción entre los dos campos magnéticos, uno entre los polos del electroimán y el otro en función de la magnitud de la corriente que fluía a través de la cuerda del galvanómetro, originaba movimientos de la cuerda que se registraban como deflexiones bruscas en la curva del ECG.
El primer registro ECG se realizó en 1902. La calidad de los trazados, sin duda, era muy satisfactoria y similar a los actuales (Fig. 2.2 E). Es interesante notar que, debido a que el laboratorio de Einthoven estaba situado a más de 1,5 km del hospital universitario de Leiden, desarrolló un método para registrar el ECG a distancia, que llamó «telecardiograma».
 
Einthoven, a diferencia de A. Waller, intuyó el gran potencial de la ECG, afirmando: «Un nuevo capítulo se ha abierto en el estudio de las enfermedades del corazón... con el que se podrá ayudar  a  la  humanidad  que  sufre».  De  hecho,  publicó su primer artículo con registros de ECG normales y patológicos en 1906 (Einthoven, 2006). Con su  nueva  técnica, el registro de las curvas de ECG tenía una alta fidelidad y sensibilidad, y representaba un  trazado  limpio  sin  distorsiones, fácilmente interpretable de la actividad  eléctrica  del corazón. Las deflexiones consecutivas que se registraban se llamaron «PQRST» en lugar de las anotaciones «ABCD» que se habían usado para nombrar las ondas del  electrómetro  capilar (Fig. 2.1 C). Las razones de este cambio fueron,  primero, evitar   confusión   entre   los   registros   «no   corregidos»   y   losv«corregidos», y segundo, permitir la adición de nuevas letras si se descubrían otras ondas más precoces o más tardías. El empezar con «P» para describir la primera onda permitía evitar el uso de las letras «N» y «O» que ya se utilizaban para otras siglas matemáticas y geométricas.
Pronto la Cambridge Scientific Instrument Company, que fue fundada por H. Darwin, el hijo menor del gran biólogo C. Darwin, fue la primera que comercializó oficialmente los equipos ECG tal como los había diseñado Einthoven. El primer aparato se suministró a E.A. Schafer, en Edimburgo, en 1908 (Fig. 2.4 A). Un segundo modelo, un modelo de mesa, se empezó a fabricar en 1911. La figura 2.4 B muestra cómo se realizaba el registro del ECG con este enorme aparato. Uno de los tres primeros electrocardiógrafos de este tipo se entregó a Sir Thomas Lewis.
En la actualidad los trazados ECG no son de calidad superior desde el punto de vista morfológico (Fig. 2.1 E), aunque los registros suelen ser digitales y automáticos, y los dispositivos son mucho más pequeños. El ECG puede incluso registrarse con un dispositivo colocado entre las dos manos (Cap. 6 y Fig. 6.19). En cualquier caso, el ECG sigue siendo, y probablemente lo será para siempre, la técnica gold standard más utilizada en la práctica diaria de la cardiología, y probablemente de toda la medicina en todo el mundo.
Es evidente que el premio Nobel que recibió Einthoven en 1924 fue muy merecido. Él era un genio con una personalidad fascinante y creativa. Sólo buscaba la verdad. En una ocasión declaró: «Lo que usted o yo crea no es importante. Lo que importa es la verdad» (Burch-De Pasquale, 1964).
Antes del descubrimiento del ECG, el diagnóstico de los trastornos del ritmo cardíaco se realizaba gracias al examen clínico y a registros poligráficos de los pulsos arteriales y venosos. MacKenzie y Wenckebach realizaron los estudios más importantes en este campo. En los primeros días de la ECG, no vieron con agrado esta nueva técnica, probablemente porque pensaron que podría interferir con sus trabajos, que se basaban en el diagnóstico de las enfermedades del corazón por inspección y registro de las ondas del pulso venoso y arterial. Sin embargo, Wenckebach, en particular, se convenció de la importancia del ECG y de que gracias al mismo se podía identificar mejor muchos de los descubrimientos realizados por estos pioneros de forma más fácil y precisa. De hecho, Wenckebach fue capaz de descubrir con registros poligráficos los diferentes  tipos  de  bloqueo  auriculoventricular  de  segundo grado. Hay que reconocer que la influencia de estos dos investigadores en el campo de los trastornos del ritmo cardíaco, fue muy significativa.
Desde un punto de vista histórico, los dos pioneros más importantes de la ECG clínica fueron Sir Thomas Lewis y Frank N. Wilson.
 
Lewis (1881-1945) (Fig. 2.5) demostró la importancia del descubrimiento de Einthoven, especialmente en el campo de los trastornos del ritmo cardíaco. También publicó aspectos  interesantes  de  los  cambios  morfológicos  de  las ondas del ECG, como la importancia de las imágenes en espejo en la isquemia aguda, y escribió los primeros libros de ECG que describen la utilidad clínica de dicha técnica (Lewis, 1913, 1949). No supo, sin embargo, interpretar correctamente la morfología del ECG en caso de los bloqueos de rama, algo que realizaron más tarde otros pioneros como Fahr (Fig. 2.6). Lewis creyó, a partir de 1920, que no quedaba nada por descubrir en el campo de la ECG, y se dedicó a investigar sobre la circulación periférica. Wilson (1890-1952) (Fig. 2.6) fue el padre de las derivaciones precordiales y de la central terminal que permite registrar las derivaciones unipolares en el plano frontal (VR, VL, VF) y en el plano horizontal (precordiales) utilizando las derivaciones de los miembros como referencia (Wilson, 1944). También realizó estudios muy importantes sobre los bloqueos ventriculares y otros aspectos de la ECG. Tanto Lewis como Wilson se hicieron buenos amigos de Einthoven (Figs. 2.3 y 2.5), y ambos murieron relativamente jóvenes de infarto  agudo.
Otros importantes investigadores y pioneros antes de mi periodo de formación (1960-1963) fueron (Fig. 2.6) Mann (1891-1974), que registró por primera vez de las curvas de vectorcardiograma (Mann, 1920); Herrick (1861-1954), que publicó el primer ECG de un infarto de miocardio en un paciente (Herrick 1912); y Fahr, que fue el primero en reconocer correctamente el patrón del ECG en caso de bloqueos de rama (Fahr, 1915). En el ámbito de la electrocardiología básica, es necesario especialmente mencionar a Mines (1886-1914), que
 describió por primera vez el fenómeno de reentrada (Mines, 1914), y Weidmann (1921-2005), pionero de la electrofisiología cardíaca celular, que registró por primera vez el potencial de acción transmembrana (PAT) con E. Coraboeuf en 1949. Por último, Wolff, Parkinson y White (Fig. 2.7) describieron el primer síndrome electrocardiológico, el síndrome de Wolff-Parkinson-White (WPW), en 1930.
Después de mi periodo de formación, he tenido el privilegio de ver grandes avances y descubrimientos en el campo de la ECG, que considero ya no son parte de la historia sino que forman parte del presente y del futuro. Éstos incluyen  un mejor conocimiento de la electrofisiología celular (Hoffman, Cranefield), una interpretación correcta de los bloqueos intraventriculares desde un punto de vista experimental y clínico (grupo de D. Sodi-Pallarés, y M. Rosenbaum y M. Elizari), los primeros estudios sobre ECG intracavitaria (Alanis, P. Puech, Scherlag), el descubrimiento de la excitación total del corazón humano (Durrer), la aplicación clínica de nuevos métodos para estudiar la actividad eléctrica del corazón, tales como la ECG de esfuerzo (Bruce, Ellestad), el registro continuo del ECG, especialmente la tecnología de Holter (H. Kennedy, S. Stern), la estimulación eléctrica programada (Wellens, Coumel, Josephson), el descubrimiento de gran valor de la ECG para el diagnóstico de las enfermedades hereditaria del corazón conocidas como canalopatías (Schwartz, Moss, hermanos Brugada), los avances en el conocimiento de los mecanismos (Moe, Antzelevitch, Jalife, Zipes) y el diagnóstico clínico de las arritmias (Schamroth, Fisch), la demostración de la utilidad del ECG en el seguimiento y evolución de distintas enfermedades cardíacas, tales como la cardiopatia isquémica (Sclarovsky, Gorgels, Wellens, Birnbaum), la pericarditis (Spodick) y de situaciones diversas, tales como alteraciones electrolíticas (Surawitz), atletas (Pelliccia, Corrado, Maron) la aplicación de un sistema de puntuación para medir el tamaño de tejido necrótico (Selvester, Wagner), la aparición de automatización e informatización del ECG (Pipberger, Rautaharju, Macfarlane), la importancia del ECG en muchos aspectos relacionados con el tratamiento eléctrico  de las  arritmias y  muerte súbita,  lo que incluye desde la cardioversión a los marcapasos y los desfibriladores implantables, y, recientemente, la terapia de resincronización (Lown, Zoll, Elmquist, Mirowski, Hoss, Cazeau, Bakker) y el tratamiento farmacológico (Bigger, Breithardt, Camm, Connolly, Yusuf) entre muchos otros aspectos. Todos estos avances y muchos otros se tratan en el libro. Gracias a ellos, el ECG se ha vuelto más útil, y se utiliza con más frecuencia que nunca.

Bibliografía

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